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Nuestra Historia

Nuestra historia no es sólo pasado sino desafío. Es relato del llamado de Dios que se expresa en la misión en diversas épocas y distintos puntos. Aquí podés conocer los más importantes.

Los primeros jesuitas que llegaron a nuestra tierra provinieron del Perú. El 26 de noviembre de 1585 los Padres Francisco Angulo y Alonso Barzana y el hermano Juan de Villegas, fueron recibidos en Santiago del Estero por el Señor Obispo del antiguo Tucumán, fray Francisco de Vitoria. En 1587 los jesuitas llegan a Córdoba. Muy pronto, en 1588, junto con otro contingente de jesuitas provenientes del Brasil, entran en Asunción del Paraguay. Desde allí, dos de ellos, los Padres Tomás Fields y Manuel Ortega irán a las selvas del Guayrá para evangelizar a los guaraníes y comenzarán las célebres Reducciones.


Entre los primeros jesuitas sobresale la figura del Padre Barzana. Gran conocedor de lenguas indígenas e incansable evangelizador. En 1588 lo hallamos entre los indios en las márgenes del río Salado. En 1591 será enviado, con el P. Añasco, a Matará y a Concepción del Bermejo, para atender los Matarás. En 1592 entra en Corrientes y su celo lo hará llegar hasta la ciudad de Asunción donde comenzará a aprender el guaraní. Ya anciano y con achaques, retorna al Perú con sus amados indios del Cuzco. Fallece el 1º de enero de 1598, con olor de santidad. De él se dijo: “Tenía un hambre y solicitud de las almas, que no le dejaba sosegar el corazón, y así quisiera no dejar rincón del mundo donde no predicara a Jesucristo, del cual hablaba siempre en todas las ocasiones, y le traía presente con gran ternura”. [1] 


En 1593 llega el P. Juan Romero, como nuevo Superior de la Misión del Tucumán y del Paraguay, acompañado de otros misioneros provenientes del Perú. Recorrerá la región que va desde el Tucumán a Asunción. Visitará las ciudades de Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires. En 1599 funda en Córdoba la primera casa de la Compañía en esa ciudad, en los terrenos que le fueran cedidos por el Cabildo local. En ese lugar, años más tarde se levantará la iglesia de la Compañía y la primera Universidad del país dirigida por los jesuitas.


A comienzos del siglo XVII la misión de la Compañía en estas tierras era promisoria, lo cual movió a los Superiores de Lima a buscar nuevos modos de gobierno más cercanos a los lugares de misión. Un primer proyecto fue crear la Provincia de la Sierra (1603) abarcando todo el Alto Perú hasta las misiones de la Gobernación del Tucumán, dejando lo correspondiente a la Gobernación del Paraguay a los jesuitas del Brasil. Al no realizarse este plan se creó al año siguiente la Provincia del Paraguay haciéndose cargo de la misma el P. Diego de Torres a comienzos de 1608. Esta incipiente colaboración entre los jesuitas llegados del Perú y del Brasil será fortalecida, sobre todo a partir de fines del siglo XVII, con una serie de misioneros venidos de los Países Bajos, Bohemia, Italia, Baviera y Francia.


Sin duda la vida apostólica de la antigua Provincia del Paraguay tuvo una opción clara. Siguiendo lo obrado hasta ese momento en la Provincia del Perú, el fin principal (potissimun finem) por el cual se justificaba la presencia misionera era el trabajo en favor de los indios, misión que implicó de modo indivisible dos aspectos: el anuncio del evangelio y la lucha por la justicia. Puede entenderse este fin principal, presente a lo largo de los 159 años de vida de la Antigua Provincia del Paraguay, no como excluyente de las demás actividades apostólicas sino como elemento alrededor del cual se jerarquizaron y encontraron sentido las demás opciones y apostolados. De este modo se podría entender el motivo de la fundación del Colegio Máximo y de las demás obras educativas, la práctica de los Ejercicios Espirituales y el apostolado de la predicación. Estos últimos se dieron no sólo como medios para unir el alma a Dios sino como instrumentos privilegiados para la reforma de la vida. Así es como, sin negar los varios ministerios en los que estaba presente la Compañía, las Reducciones fueron consideradas, aún avanzado el siglo XVIII, como la corona del trabajo apostólico. El requisito de conocer la lengua indígena entre los criterios para conceder la admisión definitiva a la Orden fue símbolo de esta preeminencia.


La vuelta de los jesuitas a la cuenca del Plata, luego de la expulsión de 1767, ha de ubicarse en el período histórico de la Restauración, que quedó signado por extenuantes y a menudo inútiles polémicas. La Compañía de Jesús no se libró de este torbellino. El siglo XIX, en medida mayor quizá que el XVIII, fue un siglo de exilios y hasta de mártires. La Orden conoció al menos unas 70 veces el ostracismo entre las naciones europeas y americanas. La Compañía volvió a la Argentina el 9 de agosto del 1836. A pesar de la inestable situación política, los jesuitas se dedicaron con ahínco a la educación y a las misiones populares en los alrededores de Buenos Aires, San Isidro, San Fernando y por los campos de Zárate, Luján, Areco y Baradero. En 1838 tomaron posesión de la capilla de Regina Martyrum en la quinta que cediera Mons. Escalada. Allí se instaló el noviciado y más tarde el seminario diocesano.


En 1843 recibieron el decreto por el cual se les ordenaba la secularización y como alternativa a ésta la expulsión de Buenos Aires. Por aquellos años continuaron trabajando en Córdoba hasta 1847, donde quedó el noviciado de la Misión y para establecerse luego en La Rioja y en Catamarca. La expulsión de los jesuitas se generalizó en 1848, de todas maneras, algunos continuaron su misión en San Juan, Mendoza y Salta. En 1859 fueron expulsados de Montevideo donde habían encontrado refugio y reorganizado las fuerzas para continuar con una serie de fatigas apostólicas.


Desde Montevideo algunos jesuitas misionaron en la provincia de Buenos Aires a partir de 1854 para instalarse luego, nuevamente, en la Capital. A pesar del parecer negativo de los consultores de las Misiones (1863) el P. General Beckx unió, en 1867, las secciones argentina y chilena en la Misión Chileno-Paraguaya. El apelativo de “Paraguaya” manifiesta la clara voluntad de vincular la nueva región con la antigua Provincia, aunque en ese momento la Compañía no tenía ninguna Residencia en el territorio del Paraguay moderno. La presencia en la educación y misiones populares fueron las opciones apostólicas preponderantes. El Colegio de la Inmaculada en 1862 y luego seminario hasta 1907, el Colegio del Salvador en 1868, el seminario de Buenos Aires, del que los jesuitas se hicieron cargo a partir de 1874 hasta 1960, figuran entre las obras más importantes de ese período. Estas obras, junto con las actividades de las academias significaron un impacto apostólico y cultural de vasto influjo. El final de siglo fue también momento para persecuciones y sufrimientos. El incendio del Colegio del Salvador en 1875, el cierre del Colegio de la Inmaculada en 1884 y los atentados urdidos contra la iglesia del Salvador en 1901 y 1910, testimonian elocuentemente acerca de esos años difíciles.


El 8 de diciembre de 1917 el entonces P. General Wladimiro Ledochowski erigió la Provincia Argentino-Chilena siendo su primer Provincial el P. José Llussá quien se hizo cargo de las misma el 11 de febrero de 1918. En 1937 la Provincia alcanzó su máximo histórico en cantidad de miembros: 497. Ese mismo año Chile comenzó su vida como Viceprovincia. En 1938 nació la Provincia Argentina con 324 jesuitas incluyendo, en 1940, los territorios de Paraguay, Uruguay y Bolivia. La Provincia Argentina, de esta manera constituida, alcanzó su superficie máxima: 4.560.000 km2. El Colegio Máximo de San Miguel fue, por más de veinte años, casa de formación común para una gran cantidad de jesuitas provenientes de los países limítrofes y de tierras aún más lejanas, símbolo claro de vida y colaboración interprovincial. El 8 de diciembre de 1961 se constituyó la Viceprovincia independiente del Uruguay; a partir de ese momento la configuración de la Provincia Argentina se presenta con los límites actuales.


La historia de la Provincia cuenta con numerosos logros apostólicos, por ejemplo: la predicación de nuestros misioneros con su preocupación por aprender y valorar la lengua indígena; el esfuerzo por mejorar la vida de los nuevos creyentes en las Reducciones; el valor cultural y social de las Estancias jesuíticas tanto para quienes las habitaban como para los que podían estudiar gracias a ellas; la fundación de la primera Universidad en la Argentina y de numerosos Colegios. Estos esfuerzos son testimonio de un compromiso con la promoción humana integral, con su dimensión religiosa, socio-económica y cultural. Nuestra tarea apostólica de hoy ha de sacar provecho de esas intuiciones para continuarlas con renovada creatividad y fervor.


[1]  Historia General de la Compañía de Jesús en la Provincia del Perú, Crónica anónima de 1600 editada por F. Mateos, SJ, Madrid 1944, Tomo II, p. 464.

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